MONTREAL Y LA ESENCIA DEL ANGLICANISMO por
John Cobb
Introducción a la Declaración
de Montreal Si un investigador tomara una muestra
aleatoria de cien anglicanos de todo el mundo, preguntando a
cada uno: ¿qué es el anglicanismo?, es
probable que recibiera cien respuestas tan variadas entre sí
que no sabría como resumirlas en una definición
concisa y coherente. La confusión es consecuencia del
transplante exitoso que llevó una versión inglesa
de la fe cristiana a todas partes del mundo y permitió
que echara raíces en suelos muy distintos. En este proceso,
el cascarrón cultural inglés tuvo que morir para
liberar la semilla esencialmente cristiana y dejarla crecer
según las idiosincrasias de las diversas culturas.
Este hecho era —y es— fundamentalmente
positivo; pero, conllevaba algunas complicaciones en cuanto
a la definición y límites disciplinarios del anglicanismo.
En el siglo XVI los reformadores ingleses no pretendieron definir
el anglicanismo, sino recuperar para Inglaterra un cristianismo
más primitivo y puro. No pensaban en términos
de una corriente o tendencia que debe definirse en contra de
las demás, sino en cuanto a la forma apropiada para encauzar
la fe de Cristo en estructuras y prácticas concretas
en Inglaterra. Jamás pretendieron que los 39 Artículos
de la Religión no fuesen una exposición sistemática
de la “fe anglicana” sino solamente una propuesta
para evitar conflictos innecesarios. Stephen Neill pudo escribir
con mucha razón: “No hay ninguna doctrina teológica
especial de la Iglesia anglicana.”
Por mucho tiempo se pensaba que las Iglesias
Anglicanas podrían mantener sus relaciones fraternales
sobre la base de sus raíces comunes; un estilo de culto
en común, el episcopado, tradiciones teológicas
en común, etc. etc. Pero, la experiencia de los últimos
cuarenta años demuestra que aquella expectativa era demasiado
optimista. En la medida en que los lazos sociológicos
con Inglaterra se han debilitado para permitir la verdadera
inculturación, se ha hecho notar la falta de definiciones
concretas y claras de la esencia del anglicanismo que sostengan
el compañerismo y eviten la disgregación. El individualismo
imperante anima a muchos a hacer lo que bien les parece en su
contexto local sin tomar en cuenta el cuerpo de Cristo como
un todo.
Frente a esta situación de desorden
y confusión —muchos dirían “de crisis”,
aproximadamente setecientos miembros de la Iglesia Anglicana
de Canadá de distintas tendencias teológicas y
eclesiales se reunieron en Montreal en Junio de 1994 para celebrar
su fe y discernir la voluntad de Dios para esa iglesia en medio
de los desafíos y oportunidades del momento actual. Lo
que les unió fue el anhelo compartido de permanecer fieles
a lo mejor de la herencia rica y variada del pasado anglicano
con su reconocimiento de la soberanía sobrenatural de
Jesucristo y hacer frente a las presiones socioculturales a
conformarse a los intereses y teorías cambiantes de la
actualidad que se alinean bajo el estandarte del “progreso”.
La tónica de esta reacción no pudo ser una nostalgia
de una supuesta edad de oro; sino, mas bien, la búsqueda
de la sabiduría bíblica para responder a los problemas
de la actualidad y avanzar hacer el tercer milenio.
En la asamblea, los participantes trabajaron
sobre la base de 24 ponencias enfocadas hacia distintas clases
de problema específico. La “Declaración
de Montreal” representa en lenguaje actual una propuesta
teológica que proporciona un marco de referencia adecuada
para la vida y obra de las iglesias hoy. Al igual que los 39
artículos, el cuerpo de los 15 artículos no contiene
casi nada que sea meramente anglicano: pretende ser una respuesta
cristiana actual a las inquietudes contemporáneas.
[Para más detalles, véase el
artículo “La Esencia del Anglicanismo”]
Declaración de Montreal sobre
los esenciales del anglicanismo “En lo esencial, unidad;
en lo no esencial, libertad; en todas las cosas, caridad”
Ricardo Baxter (Teólogo puritano
inglés del siglo XVII), siguiendo Agustín
de Hipona (Teólogo más importante
de la iglesia latina y Obispo de Hipona (395-430) en el norte
de la África cerca de Cartago.)
Como miembros de la Iglesia Anglicana
de Canadá provenientes de todas las provincias y territorios
y participantes en la “Essentials 1994 Conference”
en Montreal, nos unimos en alabanza a Dios por su gracia salvífica
y por el compañerismo del que nos gozamos con nuestro
Señor y el uno con el otro. Afirmamos como esenciales
las siguientes verdades esenciales cristianas:
1. El Dios Trino
Hay un solo Dios, que se reveló a si mismo como tres
personas, “de una sustancia, poder y eternidad”,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Por causa del
evangelio, toda propuesta que pretenda modificar o marginar
estos nombres y afirmamos su lugar debido en la oración,
la liturgia y la alabanza cantada. Pues, mediante el Espíritu
Santo, el Evangelio nos invita a compartir por toda la eternidad
el compañerismo divino, como hijos adoptados de Dios
en cuya familia Jesucristo es a la vez Salvador y nuestro hermano. (Dt.. 6:4, Is. 45:5, Mt. 28:19, 2 Co.13:14, Gá. 4:4-6,
2 Ts. 2:13-14, 1P.1:2, Jud. 20:21. Ver Artículo I de
los 39 Artículos, Libro de Oración Común)
2. Creador, Redentor y Santificador
El Dios trino y todopoderoso creó un universo que fue
bueno en todo sentido hasta que la rebelión de sus criaturas
lo echó a perder. Habiéndose introducido el pecado,
Dios en amor se propuso restaurar el orden cósmico mediante
el llamamiento del pueblo del pacto, Israel; la venida de Jesucristo
como Redentor; el envío del Espíritu Santo para
santificarnos; la construcción de la Iglesia para ofrecerle
culto y dar testimonio en el mundo; y la segunda venida de Cristo
en gloria para renovar todas las cosas. Obras realizadas con
poder milagrosa caracterizan el desarrollo del plan de Dios. (Gn. 1:3, Is. 40:28, 65:17, Mt. 6:10 Jn. 17:6, Hch. 17:24-26-28,
1Co. 15:28, 2 Co. 5:19, Ef. 1:11, 2 Ti.3:16, He.11:3, Ap. 21:5,
Ver Artículo I)
3. La palabra hecha carne
El Jesús de la historia y Cristo de las Escrituras es
el único Jesucristo, el hijo encarnado de Dios, nacido
de la Virgen María, sin pecado en la vida, resucitado
en forma corpórea de entre los muertos, quien actualmente
reina en gloria, aunque todavía presente con su pueblo
por el Espíritu Santo. Él es “Dios con nosotros”,
mediador único entre Dios y nosotros, fuente del conocimiento
salvífico del Altísimo, y dador de vida eterna
a la iglesia universal. (Mt. 1:24,25, Mr. 15:20-37, Lc. 1:35, Jn. 1:14, 17:20-21,
Hch. 1:9-11, 4:12, Ro. 5:17, Fil. 2:5-6, Col.2:9, 1 Ti. 2:5-6,
He. 1:2, 9:15. Ver Artículos II-IV, el Credo de Nicea)
4. El Salvador único El pecado humano consiste en el levantamiento
orgulloso en contra la autoridad de Dios, al rehusar vivir en
amor con el Creador y sus criaturas. El pecado corrompe nuestra
naturaleza y su consecuencia es la injusticia, la opresión,
la desintegración tanto personal como social, y culpa
ante los ojos de Dios. El pecado destruye, además, la
esperanza y nos conduce a un futuro careciente del deleitar
en Dios sin Dios y de lo bueno. Jesucristo es el único
que puede salvarnos de la culpa, vergüenza y dominio del
pecado y del camino que encierra: la fe del arrepentido es el
único camino a la salvación.
Mediante su sacrificio propiciatorio en la cruz por nuestros
pecados, Jesús venció a los poderes de las tinieblas
y alcanzó nuestra redención y justificación.
Por su resurrección corpórea, garantizó
la resurrección venidera y herencia eterna de todos los
creyentes. Por su regalo regenerador del Espíritu, restaura
nuestra naturaleza caída y nos renueva a su imagen. Luego,
para cada generación, Él es el camino, la verdad
y la vida para el pecador, y el arquitecto único de una
comunidad humana restaurada. (Jn. 14:6, Hch.1:9-11, 2:32-33, 4:12, Ro.3:22-25,1 Co.15:20-24,
2 Co.5:18-19, Fil. 2:9-11, Col. 2:13-15, 1 Ti 2:5-6, 1P.1:3-5,
1 Jn.4:14, 5:11-12. Ver artículos II-IV-XI, XV, XVIII,
XXXI)
5. El Espíritu de Vida El Espíritu Santo “el Señor,
el dador de vida”, enviado a la iglesia por el Padre y
por el Hijo, revela la gloria de Jesucristo; produce convencimiento
del pecado, renueva el ser íntima del pecador, le lleva
a la fe; le equipa para la justicia, crea comunión; y
capacita para poder para el servicio. Vivir en el Espíritu
consiste en la transformación sobrenatural de nuestra
existencia natural y es un anticipo auténtico de cielo
mismo. La unidad en amor de los cristianos y de las iglesias
llenos del Espíritu Santo es un signo poderoso de la
verdad del cristianismo. (Gn. 1:2, Ex. 31:2-5, Sal.51:11, Jn.3:5-6, 14:26, 15:26,16:7-11,
13,15, 1 Co.2:4, 6:19, 12:4-7, 2 Co.3:18, Gá. 4:4-6,
5:22-26, Ef.1:13-24, 5:18, 1 Ts. 5:19, 2 Ti. 3:16. Ver Art.
V, el Credo de Nicea)
6. La autoridad de la Biblia Las Escrituras canónicas de
los Testamentos Antiguo y Nuevo son “la Palabra escrita
de Dios”, una palabra que es: inspirada y autoritativa,
verdadera y de confianza, coherente, suficiente para la salvación,
viva y potente como guía divina en cuanto a las creencias
y la conducta.
La fe trinitaria, cristocéntrica, y orientada hacia la
redención que se encuentra en la Biblia está incorporada
en los históricos credos ecuménicos y los documentos
fundacionales anglicanos. Por intermedio de la tradición
y la razón, utilizadas con oración y reverencia,
el Espíritu Santo conduce, en cada época, al Pueblo
de Dios y los consejos de la iglesia, a esta comprensión
básica de las Escrituras
La Iglesia no puede constituirse en juez de las Escrituras,
seleccionando y descartando de entre sus enseñanzas.
Las Escrituras, bajo Cristo, juzgan a la iglesia en cuanto a
su fidelidad a la verdad por El revelada. (Dt. 29:29, Is.40:8, 55:11, Mt. 5:17-18, Jn. 10:35, 14:26,
Ro. 1:16, Ef. 1:17-19, 2 Ti. 2:15, 3:14-17, 2P.1:20-21. Ver
art. VI - VIII - XX).
7. La iglesia de Dios Aquella sociedad sobrenatural denominada
la Iglesia es la familia de Dios; -el cuerpo de Cristo; y -el
templo del Espíritu Santo. Es la comunidad de los creyentes,
quienes han sido justificados por fe en Cristo, incorporados
a la vida resucitada de Cristo y puestos bajo la autoridad de
las Sagradas Escrituras como la Palabra de Cristo. La iglesia
en la tierra está unida por medio de Cristo a la que
está en el cielo en la comunión de los santos.
A través del ministerio de la iglesia, por intermedio
de la Palabra y los sacramentos del evangelio, Dios suministra
vida en Cristo a los fieles, capacitándoles para la adoración,
el testimonio y el servicio.
En la vida de la iglesia, sólo debe ser considerado como
esencial para la salvación lo que puede comprobarse en
las Escrituras y cualquier cosa que no sea esencial no debe
ser requerida de nadie como obligatoria para la fe , ni impuesto
como asunta de doctrina, de disciplina, o de culto. (Ef. 3:10-21, 5:23-27, 1 Ti.3.15, Heb.12:1-2, 2 Ti.3.14-17.
Ver Artículos XIX, XX y XXI).
8. La nueva vida en Cristo Dios formó los seres humanos
a su imagen divina para que pudieran glorificar su creador y
gozarse de Él por siempre; pero, desde la Caída,
el pecado nos ha alejado a todos de Dios y dejado en desorden
las motivaciones y acciones del ser humano en todo momento.
Así como la reconciliación y la justificación
restauran nuestra comunión con Dios mediante el perdón
de los pecados, la regeneración y la santificación
renuevan en nosotros la imagen de Cristo, venciendo el pecado.
Es el Espíritu Santo, quien nos ayuda a poner en práctica
las disciplinas de la vida cristiana, nos transforma más
y más a través de ellas. Sin embargo, en este
mundo, no nos es dado llegar a ser si pecado y nosotros que
creemos quedamos en la imperfección en cuanto nuestros
“pensamientos, palabras y obras” hasta que seamos
hechos perfectos en el cielo (Gn. 1:26-28, 3, Jn. 3:5-6, 16:13, Ro. 3:23-24, 5:12, 1
Co. 12:4-7, 2 Co. 3:17-18, Gál. 5:22-24, Ef. 2:1-5, Fil.
2:13, 2P.3:10-13. Ver Artículos. IX-XVI).
9. El Ministerio en la Iglesia El Espíritu Santo reparte dones
diferentes a todos los cristianos a fin de glorificar a Dios
y edificar su iglesia en la verdad y el amor. En su bautismo,
todos los cristianos son llamados a ser ministros, sea cual
fuere su género, raza, edad, o situación socioeconómica.
Cada miembro del Pueblo de Dios debe procurar encontrar la forma
específica de servicio para lo cual Dios le ha llamado
y preparado, y cumplir con ello
Dentro del sacerdocio de todos los creyentes, honramos el ministerio
de la Palabra y de los sacramentos, para lo cual han sido apartados
los obispos, presbíteros y diáconos mediante la
ordenación. (Ro. 12:6-8, 1 Co. 3.16, 6:11, 12:4-7, 27, 2Co. 5:20, Gál.
2.16, Ef. 4:11-13, 1 Ti. 3:1, 12-13, 5:17, Heb. 2:11, 1 P. 2:4-5,
9-10. Ver Art. XIX, XXIII).
10. El culto de la iglesia La vocación primaria de la iglesia,
como de todo cristiano, es la de adorar al Dios de la creación,
de la providencia y de la gracia, en el Espíritu y en
verdad. Los elementos básicos del culto son la alabanza
y la acción de gracias por todas las cosas buenas, la
proclamación y celebración de la gloria de Dios
y de Jesucristo, la intercesión por las necesidades humanas
y por el desarrollo del reino de Cristo, y la entrega de si
mismo para servir. Todas las formas litúrgicas —verbales,
musicales y ceremoniales— están bajo la autoridad
de las Escrituras.
El Libro de Oración Común proporciona un patrón
doctrinal enraizado en la Biblia, y debe ser retenido como la
norma para toda liturgia alternativa (En
muchas provincias anglicanas, los nuevos cultos se publican
como el “Libro de Cultos Alternativos”: véase
más adelante en el mismo párrafo).
No debe ser revisado en el clima de divisiones teológicas
que existen en la iglesia de hoy. El Libro de Cultos Alternativos
responda a la necesidad sentida por muchos de una liturgia contemporánea,
y trae vida y gozo a muchos fieles anglicanos.
Ninguna forma de adoración puede exaltar verdaderamente
a Cristo ni promover la devoción verdadera a Él
sin la presencia y el poder del Espíritu Santo. La oración,
tanto la pública como la personal, es central para la
salud y renovación de la iglesia La sanación,
espiritual y física, es una faceta bienvenida del culto
anglicano. (Jn. 4:24, 16:8-15, Hch. 1:8, 2: 42-47, Ro. 12:1, 1Co. 11:23-26,
12:7, 2Co. 5:18-19, Ef. 5:18-20, Co. 3:16, 1 Ts. 1:4-5, 5:19)
Ver Artículo XXXIV.
11. La prioridad del Evangelismo El evangelismo quiere decir la proclamación
de Jesucristo como Salvador divino, Señor y Amigo, den
una forma que invita a las personas acercarse a Dios por medio
de El, a rendirle culto y a servirle, y a buscar el poder del
Espíritu Santo para su vida como discípulos dentro
de a comunidad de la Iglesia. Todos los cristianos son llamados
a dar testimonio de Cristo, como señal de amor, tanto
a Él como al prójimo. La tarea, que es, por lo
tanto, asunto prioritario, demanda formación personal
y la búsqueda constante de modos de propagación
convincente. Sembramos la semilla y miramos a Dios por la cosecha. (Mat. 5:13-16, 28:19-20, Jn. 3:16-18, 20:21, Hch. 2:37-39,
5:31-32, Jn.1, 1Co. 1:23, 15:2-4, 2Co.4:5, 5:20, 1P. 3:15).
12. El desafío de la Misión
Global El evangelismo y cuidado pastoral interculturales,
son todavía respuestas necesarias a la Gran Comisión
de Jesucristo. Su mandato de predicar el evangelio a todo el
mundo, haciendo discípulos y estableciendo iglesias iglesias,
sigue vigente. La misión de la Iglesia exige misiones.
Cristo y su salvación deben ser proclamados en todo lugar,
con tino y energía, dentro del país y fuera y
la misión intercultural ha de ser apoyada mediante la
oración, las ofrendas y el envío de misioneros.
La misión global involucra la colaboración como
socios y el intercambio y los misioneros que sean enviados a
Canadá por las iglesias más jóvenes deben
ser bienvenidos. (Mat. 28:19-20, Mr. 16:15, Lc. 10:2, Ro. 15:23-24, 1Co.2:4-5,
9:22-23, 2Co. 4:5, 8:1,4,7, Ef. 6:19-20, Fil. 2:5-7,1 Ts.1:6-8)
13. El desafío a la acción
social El evangelio obliga a la iglesia a ser
“sal” y “luz” en el mundo, elaborando
las implicancias de la enseñanza bíblica para
el recto ordenamiento de la vida social, económica y
política y para la mayordomía humana de toda la
creación. Los cristianos deben esforzarse en pro de la
causa de la justicia y acciones compasivas. Aunque no se puede
identificar ningún sistema social con el Reino venidero
de Dios, la acción social es parte integral de nuestra
obediencia al evangelio. (Gn. 1:26-28, Is. 30:18, 58:6-10, Am. 5:24, Mt. 5:13-16,
22:37-40. 25:31-46, Lc. 4:17-21, Jn. 20:21, 2Co. 1:3-4, Stg.
2:14-26, 1Jn. 4:16, Ap.1:5-6, 5:9-10. Ver Art. XXXVIII)
14. Las normas para la conducta sexual Dios diseñó la sexualidad
humana no solamente para la procreación, sino también
para la expresión gozosa del amor, honor y fidelidad
entre esposa y esposo. Estas son las únicas relaciones
sexuales que la teología bíblica considera buena
y santa.
El adulterio, la fornicación y las uniones entre homosexuales
son intimidades contrarias al designio de Dios. La iglesia tiene
que buscar como ministrar la sanidad e integridad a los que
han sido heridos sexualmente y a los que luchan contra las tentaciones
sexuales persistentes como lo hacen la mayoría de las
personas. La homofobia y toda forma de hipocracía y abuso
sexuales son males contra los cuales todos los cristianos tienen
que mantenerse siempre en guardia. La iglesia no podrá
rebajar los patrones divinos de conducta sexual para ninguno
de sus miembros; sino, más bien, honrar a Dios respaldándolos
tenazmente frente a las desviaciones sociales.
Cada congregación local deberá buscar como satisfacer
las necesidades específicas de amistad y comunidad de
las personas solteras. (Gn. 1:26-28, 2:21-24, Mt. 5:27-32, 19:3-12, Lc. 7:36-50,
Jn. 8:1-11, Ro. 1:21-28, 3:22-24, 1Co. 6:9-11, 13-16, 7:7, Ef.
5:3, 1 Ti.1:8.11, 3:2-4, 12).
15. La familia y el llamado a ser soltero La familia es un lugar divinamente ordenado
para el amor, la intimidad, el crecimiento personal, y la estabilidad
para mujeres, hombres y niños. El divorcio, el abuso
de menores, la violencia intrafamiliar, la violación,
la pornografía, el ausentismo de padres, la dominación
sexista, el aborto, las relaciones de hecho, y las parejas homosexuales,
todos reflejan el debilitamiento del ideal de la familia. Los
cristianos deberán fortalecer la vida familiar mediante
la enseñanza, la formación y el apoyo activo;
y trabajar en pro de las condiciones sociales y políticas
que apoyan a la familia. Las familias donde hay un solo padre
y las víctimas de los hogares colapsados tienen necesidades
especiales a las cuales las congregaciones locales tienen que
reaccionar con sensibilidad y apoyo.
El ser soltero o soltera también es un don de Dios y
vocación santa. La gente soltera está llamada
a ser célibes y Dios le dará la gracia para vivir
en castidad. (Sal. 119:9-11, Pr. 22:6, Mat. 5:31-32, Mr. 10:6-9, 1 Co.6:9-11,
Ef. 5:21, 6:4, Col. 3:18-21, Jn. 3:14-15).
Un nuevo comienzo Juntos reafirmamos el cristianismo anglicano
que encuentra su expresión en los patrones normativos
históricos de los credos ecuménicos, los Treinta
y Nueve Artículos, la Solemne Declaración de 1893
(Declaración del primer sínodo
nacional en cuanto a la doctrina fundamental de la iglesia canadiense.
Contiene el reconocimiento de Libro de Oración Común
inglés de 1662 y los 39 artículos como normativos
y el compromiso a transmitirlos sin alteraciones a la posterioridad.)
y el Libro de Oración Común de 1962 (Aparentemente,
una revisión modesta y no controversial del libro de
1922 que fue, a su vez, un afinamiento de 1662 para la situación
en Canadá.). El respeto por estos patrones
refuerza nuestra identidad y comunión. Reconocemos humildemente
que a menudo nos hemos avergonzados del evangelio que recibimos
y que hemos sido desobedientes al Señor de la iglesia.
Siendo Dios nuestro ayudador, resolvemos mantener nuestra herencia
de fe y transmitirla intacta. Esta plenitud de fe es necesaria
tanto para la renovación del anglicanismo como para la
proclama eficaz de las Buenas Noticias de Jesucristo en el poder
del Espíritu Santo.
Invitamos a todos los anglicanos a unirse con nosotros, al afirmar
que lo dicho arriba es lo esencial de la fe, práctica
formación cristianas hoy. Creemos que, en esta declaración,
insistimos solamente en aquello que es genuinamente esencial.
En cuanto a lo no lo sea, debemos reconocer y respetar aquella
libertad y amplitud que figuran entre las gracias especiales
concedidas a nuestra herencia anglicana.
Texto traducido del inglés de
ANGLICAN ESSENTIALS: Reclaiming Faith within the Anglican
Church of Canada, George Egerton (ed.)