Sin embargo, como ha quedado claro, las resoluciones de la Convención finalmente dejaron una cantidad de preguntas sin responder, y se va a requerir una cuidadosa aclaración de qué es lo que dicen y de lo que no dicen. Esta labor debe ser desarrollada por un pequeño grupo que ya había sido nombrado antes de la Convención por el Comité Permanente Conjunto de los Primados y el CCA. Además, les he escrito también directamente a cada Primado para solicitarles una reacción preliminar de su provincia. La próxima Reunión de Primados en Febrero del próximo año tendrá que digerir lo que emerge de todo esto.
Ustedes estarán al tanto de una serie de acontecimientos en la escena pública en las últimas dos semanas, especialmente la solicitud de varias diócesis estadounidenses de algún tipo de supervisión de un primado de fuera de los EE.UU., de preferencia el de Canterbury. Esto provoca preguntas muy importantes, de hecho; se están realizando varias consultas para verificar cuál es exactamente la solicitud y para considerar las posibles implicancias. También ha habido un anuncio de Nigeria, que su Cámara de Obispos ha elegido a un clérigo estadounidense como obispo para servir a la Convocación de congregaciones anglicanas de Nigeria en los EE.UU. He hecho público mi preocupación acerca de esto y de algunas otras actividades trans-provinciales.
También se ha establecido un grupo de trabajo, en consulta con la Oficina de la Comunión Anglicana y con otros, para atender en forma más plena a la pregunta de qué tipo de ‘Pacto’ se podría construir para dar cumplimiento a otra significativa recomendación del Informe de Windsor.
Ello me lleva a decir una palabra sobre mis propias reflexiones publicadas luego de la Convención General. A pesar de algunos reportajes interesados y algunas reacciones algo destempladas, ellas no contenían ninguna directiva (yo no tengo autoridad para dictarle políticas a las provincias de la Comunión) y no daban por establecido el carácter ni el contenido de tal Pacto. Si se llegara a articular una propuesta de Pacto, tendría que ser aceptada, por supuesto, por los cuerpos constitucionales gubernativos de las Provincias. La propuesta ha sido ya desestimada en algunos sectores como una capitulación frente al fundamentalismo y en otros como un plan maquiavélico para instalar un total indiferentismo doctrinal.
Ambas caricaturizaciones son absurdas. Permítanme algunas palabras para clarificar y seguir dilucidando todo esto. Cuando dije en mis reflexiones, que la Comunión no puede permanecer como está, estaba llamando la atención a algunas opciones inevitables. Muchos han dicho, ahora último con creciente fuerza, que debemos contemplar o incluso animar el quiebre de la Comunión en iglesias nacionales cuya autonomía sea ilimitada y que se relacionen sólo en algún tipo de federación suelta e informal. Esto tiene, obviamente, cierta atracción para algunos. El problema es que es muy poco probable que se logre así una relación real. Muchas provincias son internamente frágiles; no podemos asumir que lo que naturalmente va a ocurrir es un patrón ordenado de consenso local. Ya existen alianzas internacionales, formales e informales, entre Provincias y entre grupos dentro de diferentes Provincias. Hay líneas de posible fractura que no tienen nada que ver con límites provinciales. La desaparición de una estructura internacional – como ya lo he observado en los meses recientes – nos deja con la posibilidad de algo mucho peor que una federación; de hecho, en muchas partes del mundo, resultaría en la fragmentación y competencia de varios cuerpos eclesiásticos.
Sólo una muestra de lo que podría venir: en Sudán, hay un grupo anglicano separatista y muy agresivo que ha contado en el pasado con el apoyo del gobierno en Khartoum. Entre los varios fundamentos que esgrime para su separación incluye la ridícula afirmación de que la Iglesia Episcopal de Sudán no es ortodoxa en su enseñanza de la ética sexual. Algunas fuerzas malintencionadas son bastante capaces de usar el debate sobre sexualidad como excusa para acciones divisivas cuyas raíces están en otros conflictos. Las iglesias que están en contextos de precariedad o que viven rodeadas de conflictos no pueden darse el lujo de distraerse así. Hablo de esto con sentimiento, a la luz de lo que yo y otros aquí en el Sínodo conocen de Sudán. Ayuda, para ponerlo de una manera sencilla, que exista una organización global que pueda declarar a tal grupo separatista como ilegítimo e insistir a las autoridades locales que estos grupos no están reconocidos internacionalmente.
Por tanto, no creo que podamos ser complacientes en cuanto a lo que podría significar el completo quiebre de la Comunión – no será el florecimiento de un jardín multicolor, sino una situación en la cual iglesias vulnerables sufrirán aún más. Y hay que considerar que iglesias vulnerables no sólo las hay en África... Pero si esta posibilidad no es la que queremos, ¿qué nos queda? Los vínculos históricos con Canterbury no poseen fuerza canónica, y no tenemos (y yo espero que no desarrollemos) un ejecutivo internacional. Dependemos del consenso. Mi argumento fue, y todavía es, que dicho consenso necesita ahora expresarse de una manera más tangible que la que ha tenido hasta ahora; de allí la idea de un Pacto en el Informe de Windsor.
Pero si existe dicha estructura y si dependemos del consenso, la implicancia lógica es que iglesias individuales son libres de decir si o no; y un ‘no’ tiene consecuencias, no como ‘castigo’ sino simplemente como una declaración de qué puede y qué no puede darse por sentado en una relación entre dos iglesias en particular. Cuando yo hablo de 'iglesias en asociación', estaba tratando de avizorar cómo podría ser tal relación si fuera menos que una comunión plenamente eucarística y más que un mutuo repudio. No fue un intento de enturbiar las aguas sino de ofrecer un vocabulario para plantearnos cómo podríamos entender niveles de comunión gravemente dañada o interrumpida.
En otras palabras, yo puedo avizorar – aunque no quisiera que ocurriera en lo más mínimo – una situación en la cual haya más divisiones que las que existen ahora entre las iglesias que se identifican con la herencia anglicana. Pero quiero que allí exista algún tipo de racionalidad, que sea más que definiciones ad hoc puramente localistas o arbitrarias de quién y qué es aceptable. La verdadera agenda – y esto se relaciona en otras materias que tenemos que discutir en este Sínodo – es cuál es realmente nuestra doctrina de la Iglesia en relación con todo el depósito de nuestra fe. La historia cristiana nos proporciona ejemplos de teologías de la Iglesia basadas en la integridad de congregaciones locales, con poca o ninguna superestructura – teologías bautistas y congregacionalistas; y de teologías de Iglesia nacional, trabajando en simbiosis con la cultura y el gobierno – como en algunos casos luteranos. Nosotros con frecuencia estamos cerca de la segunda en teoría y de la primera en la práctica. Pero no es allí donde hemos visto nuestro verdadero centro y carácter. Hemos reclamado ser católicos, tener un ministerio que es capaz de ser universalmente reconocido (aún cuando en la práctica no tiene ese reconocimiento) debido a su continuidad teológica e institucional; mantener una fe que no está determinada localmente sino que es compartida en el tiempo y en el espacio con la comunidad de los bautizados; celebrar los sacramentos que expresan la realidad de la comunidad que es más que las personas presentes en cualquier momento dado y con su propio conjunto de preocupaciones. Así, al menos debemos reconocer que el anglicanismo, tal como lo hemos experimentado, nunca ha sido sólo una agrupación suelta de personas que se describen a sí mismas como anglicanos pero que gozan de libertad local ilimitada. Argumenten en favor de esto, si ustedes quieren, pero reconozcan que representa algo distinto de la tradición que hemos recibido y de la que nos hemos nutrido por la providencia de Dios. Sólo si podemos articular alguna base coherente para esta tradición en lo concreto, podremos continuar encauzando plausiblemente algún tipo de emprendimiento ecuménico, local o internacional.
No quiero que sea un secreto que mi compromiso y convicción están con el ideal de la Iglesia Católica. Sé que su manifestación en el anglicanismo siempre ha sido debatida, sin embargo creo que la visión de unidad sacramental católica, sin centralización ni coerción, es lo que hemos testimoniado lo mejor que hemos podido y que todavía necesitamos trabajarlo más. Esa es la razón por la que la preocupación por la unidad – por la unidad (quiero repetirlo de nuevo) como medio para vivir en la verdad – no es colocar la supervivencia de una institución por encima de las cuestiones de conciencia. Dios no lo quiera. El problema es cómo desarrollamos, fielmente, atentamente y obedientemente lo que necesitamos hacer y decir para permanecer en contacto: mirándonos y escuchándonos unos a otros en la comunidad a la cual Cristo nos ha llamado. Nunca ha sido fácil y tampoco lo es ahora. Pero es el llamado que importa y que nos sostiene juntos en la tarea.
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Traducción: Ricardo Tucas